Cena con un presidente
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Cena con un presidente

13 marzo, 2007

Sábado cálido de marzo,  a las 17.30 horas voy camino al trabajo, siempre por la rambla. Durante tres años, en esos días cálidos la rambla sur estaba llena de gente, pescando, tomando mate, jugando picaditos o parejas paseando de la mano… cada una de esas imagines me hacían reflexionar. Mi envidia por todas esas situaciones era grande. Creo que es el típico cuestionamiento que nos hacemos los cocineros a lo largo de nuestra vida. Nuestra vida es un corso a  contramano. Debemos trabajar cuando todos se divierten, dormir cuando todos trabajan, trabajar cuando todos veranean, veranear en invierno, horarios y jornadas interminables, sin saber lo que es un fin de semana libre, feriados…

Ese día era un sábado más, en el cual debía abrir las puertas del Restaurant al personal; un sábado más en el cual daba todo para no empezar “de tarde” mi jornada de trabajo para  poder cambiarla –por ejemplo- por una caminata con un mate en esa rambla. Pero no fue así y mi mal humor creció cuando un cordón de policías no me permitió entrar a la Ciudad Vieja. Estaba literalmente cercada. Tuve que dejar el auto en la rambla y caminar con la caja de 20 kg de lomo hasta el Restaurant (el proveedor la dejaba en mi casa porque los sábados al mediodía cerrábamos).

En esa ardua caminata, me di cuenta de que si no entraban autos a la zona, esa noche ningún cliente podría ir a cenar, cosa que hizo más tedioso el recorrido con la carne al hombro.

El teléfono de Marcelo, el dueño del Restaurant, estaba apagado: -“Marce, soy Toba, la Ciudad Vieja está cercada por algo de seguridad, no dejan entrar  autos, creo que lo mejor es no abrir hoy, si esto sigue así,  esta noche no viene ni el loro… llamame y me decís que hacemos”.

Los cuatro cocineros y  el mozo que me esperaban en la puerta, comentaban sorprendidos  el despliegue de seguridad. Yo, bastante malhumorado, les pedí que se cambiaran para ponernos a trabajar. Media hora más tarde, una joven rubia (muy linda por cierto) en un perfecto inglés, me pregunta si yo era Tomas. Le conteste en un correcto ingles: -“ Yes, I’m Thomas”.

La mujer me pidió por favor que le armara una mesa para diez comensales, para un cliente muy importante, que llegaba en quince minutos y que la mesa debía ser en la cava (subsuelo enorme de grandes muros de piedra donde se   exhiben todos los vinos que ahí se venden ).

Mientras me lo pedía, yo tomaba un mate con total naturalidad mientras ella lo miraba  con asombro. Al terminar, deje el mate y el termo arriba de la barra, y con educación le contesté: -“Disculpe, pero el Restaurant abre 20.30, además la cava hoy sábado no está habilitada,  lo siento, pero… o espera hasta las 20.30 una mesa aquí arriba, o  deberán ir a otro Restaurant”.

Mi respuesta negativa no conformo a la señorita, y me dice en voz más baja: -“La persona que viene es muy importante, si no consigo esa mesa para dentro de quince minutos, seguramente me despidan”. Su actitud y mi benevolencia ante ciertas situaciones me hicieron cambiar de parecer, así que a los pocos minutos, estaba con ella armando la mesa ya que casi no tenía personal (su apuro se notaba en sus movimientos). Recuerdo que ni tiempo para pasar una escoba, recogíamos los papeles del piso con la mano para dejar un poco más limpio ese sector.

Ella dice: -“Todo pronto, muchas gracias Tomás”.

Subimos juntos las escaleras y en ese momento me di cuenta de algo: “¡Que le voy a dar de comer a esta gente si no tengo nada pronto…?! Quien los va a atender si solo tengo a un mozo barriendo el salón?!”. Tomaba un mate, para pensar cómo hacer y ni siquiera tuve tiempo de terminarlo, ya que nuevamente aparece la bella señorita y me dice: -“Tomás, ¿podría venir a la puerta a recibir a mis invitados?”.

La rambla y sus felices caminantes, los 20 kg de  lomo, la cocina vacía de producción, los mozos que llegaban en una hora,  Marcelo sin dar señales de vida, ni un mate tranquilo y esa rubia -ya no tan linda- me quería de recepcionista… nada ayudaba esa tarde de sábado. Pero nobleza obliga y a los segundos parecía un macaco de torta, con mi uniforme blanco inmaculado, esperando a su lado a “ese alguien muy importante”.

En menos de diez segundos, decenas de  hombres de negro con metralletas, camionetas inmensas, policías por todos lados y sirenas, me hacen dar cuenta que definitivamente algo raro estaba pasando. Era realmente un espectáculo de película. No entendía nada, hasta que de la camioneta, arriba de la vereda frente al Restaurant, baja un hombre de traje, camina hacia mí, me estira la mano para saludarme y me dice: -“ ¡Hi Thomas!”.

Si, Mr. Bush, su esposa, Condoleezza Rice, Embajador de USA en Uruguay y esposa, más comitiva, pasan por delante mío, saludando uno a uno y bajan a la cava, a su mesa.

Salvo por la huella de mi zapato que deje en el portafolio de Condoleezza Rice -portafolio que estaba en el piso a su lado y que no vi cuando le lleve su plato-, y por el momento en el que le insistí al Presidente, que debía probar si o si nuestro vino Uruguayo, sin saber qué hace 25 años que no tomaba  alcohol… la noche fue un éxito, muy divertida tal cual una cena como si hubieran sido invitados a mi casa. A la media hora, los mozos fueron llegando, Marcelo también, y las cosas estaban controladas.

Despidiendo al Presidente Bush

Despidiendo al Presidente Bush

Bush nos pido a Marcelo y a mí, que lo acompañáramos a la puerta, así los periodistas podrían sacarnos unas fotos juntos mientras nos despedíamos. Despedidas con abrazos, risas, como quien despide a un amigo.

 

El lunes, la prensa del mundo, hablaba de cómo Bush rompió el protocolo en su visita a Uruguay y su visita a la corte fue conocida en el mundo entero Esa noche, antes de dormirme, me di cuenta que en la vida, hay tiempos, momentos y lugares para todo. Sin duda alguna, mi lugar ese sábado de tarde no era la rambla, si no, ser el Chef Ejecutivo del  Restaurant  La Corte

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